26 sept. 2010

Norman Foster: "Ahora que le hablo, estoy diseñando un edificio"


'¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster?', presentado en los festivales de Berlín y San Sebastián, supone un recorrido por la obra del arquitecto en la que genio y humanidad van cogidos de la mano.

Desde la ventana de la tercera planta del lujoso hotel Adlon, a escasos 50 metros de la berlinesa Puerta de Brandeburgo, el arquitecto Norman Foster (Manchester, 1935) señala una bandera y establece un símil sin mirar al entrevistador. En ella recrea una escena del pasado: “Cuando estaba desayunando en Tokio con mi mujer (Elena Foster, anteriormente Elena Ochoa), contemplé una bandera que, si la mirabas desde el nivel del suelo, no se movía. Sin embargo, sí lo hacía si tu punto de vista era cercano y estaba situado a la misma altura en un día con viento. Al mismo tiempo que hablaba con Elena sobre aquel edificio, pensaba que, si el tejado se extendiera un poco más, podría redireccionar el viento a través de sí mismo y del resto del edificio, con lo que éste se podría reducir y cambiar de aspecto por completo. Ese día mi mente echó a volar a las 9 de la mañana. Por eso, cada vez que alguien me pregunta qué es lo que me inspira, digo que son cosas como ésta. Ahora mismo, a la que hablo, estoy diseñando, y es un edificio”. Así es como piensa el sujeto, al modo de una hiperactiva e hiperkinética oficina ambulante, cabeza pensante y visible de la empresa Foster and Partners, mastodonte constructor con 500 trabajadores a sus espaldas en sedes repartidas entre Londres, Madrid, Hong Kong, Abu Dhabi y Nueva York. Si tuviera que dividir entre todos sus colaboradores cada uno de los premios que ha cosechado a lo largo de medio siglo de carrera, tocarían a más de uno por cabeza.
La entrevista presente tuvo lugar el pasado día 13 de febrero en el marco de la Berlinale, plaza de estreno mundial de 'How Much Does Your Building Weigh, Mr. Foster? (¿Cuánto pesa su edificio, Señor Foster?)', documental hagiográfico sobre uno de los más reputados arquitectos del mundo y (merced a su título de Caballero (1990) y Lord (1999) Británico reconocido con la Orden de Mérito (1999), el Premio Pritzker (1999), el Príncipe de Asturias de las Artes (2009) y vencedor de la batalla al cáncer después de superar una expectativa vital de tres meses hace casi ocho años) puede que el más famoso.
Cómo saca tiempo entre la descomunal baraja de proyectos que maneja en la actualidad para prestarse a dar testimonio filmado sobre su obra es una pregunta pertinente cuya respuesta tiene nombre de mujer: de nuevo “Elena”, con quien contrajo matrimonio en segundas nupcias en 1996. En palabras del productor ejecutivo Antonio Sanz, sentado a la diestra de Foster durante la conversación: “Estábamos muy ilusionados a la hora de ofrecerle el proyecto y, en la reunión que concertamos con él para explicárselo, nos contesto: ‘Hay una serie de prioridades en la vida. Unas que están aquí (dice mientras sitúa su mano derecha a la altura de la frente), otras que están aquí (mano a la cintura) y ésta, que está aquí (esta vez la mano roza la moqueta de la suite). No tengo la menor intención de pasar un solo momento  de mi vida haciendo una cosa que ni necesito, ni apetece, ni nada’. Por eso, dejamos el asunto en manos de Elena Foster, cuya capacidad de persuasión pudo más que cualquier otra cosa”. Foster asiente con media sonrisa y matiza: “Mi primera reacción fue de rechazo total. No me gustaba la idea y me negué al principio… pero fui convencido”.
De cualquier manera, lo que en un principio fue sinónimo de molestia terminó por integrarse en su rutina de manera llevadera a lo largo de dos años y 11 países: “Nada más empezar a rodar me sentía terriblemente incómodo porque soy una persona muy privada, pero, debido al tiempo que el equipo y yo pasamos juntos, y a la calidad del mismo, me hice cada vez menos consciente de la cámara. Tanto que la primera vez que me enfrenté al resultado final y vi uno de los episodios en los que comparto plano con mi hijo en ropa interior, realmente no podía recordar que nos hubieran estado rodando en ese momento”.
Setenta y dos minutos de metraje suponen un freso dinámico que planea sobre los más emblemáticos edificios firmados por el inglés. Desde el Reichstag alemán, minuciosa y prolijamente detallado, hasta Ciudad Masdar, la utopía futurista y autosostenible localizada en Abu-Dhabi, pasando por la terminal de salidas del colosal aeropuerto de Pekín (el más grande del mundo desde su adaptación en 2008 con motivo de los Juegos Olímpicos).
"Grande", como grande es también el francés Viaducto de Millau (actualmente el puente más alto del mundo), es una palabra capital en el vocabulario de Foster. Si despojamos al adjetivo “megalómano” de toda connotación peyorativa, no sería inadecuado suponer que éste va grabado a fuego en su ADN. “Cuando en uno de los pasajes del documental digo que la Torre Hearst de Manhattan (diseñada por él) no es lo suficientemente grande, en realidad quiero decir que cualquier arquitecto que se haya inspirado en los rascacielos de Nueva York (el Empire State Building o el Edificio Chrysler) siempre tiene en mente los de Chicago (la Torre Willis y el Trump International Hotel and Tower, primero y segundo edificios más altos del mundo, respectivamente). Lo bueno es que tienes una torre en Nueva York, lo malo es que es pequeñita”. El tamaño, parece ser, importa en la arquitectura.
'How Much Does Your Building Weigh, Mr. Foster? (¿Cuánto pesa su edificio, Señor Foster?)' no es un título arbitrario ni pretendidamente comercial para este film, que también pudo verse la semana pasada en la sección Zabaltegui Perlas del Festival de Cine de San Sebastián, sino que atiende a una realidad biográfica del artista. Según cuenta el guionista Deyan Sudjic, “cuando Foster mostró al ingeniero Richard Buckminster Fuller el Sainsbury Centre (galería de arte diseñada por él y que supuso su primer gran éxito arquitectónico en 1977), el americano le miró a los ojos y le preguntó ‘¿Cuánto pesa su edificio?’. Foster –cuenta- no supo contestar, pero reparó al tiempo en que el peso era excesivo y se concentraba sobre todo en los cimientos, lo cual le hizo dar un vuelco a su arquitectura, y con ello a su vida” hasta llegar al punto de poder apreciar toda la ingravidez y aerodinamismo que hoy le son tan inherentes.
Pero ésa es sólo una más de las experiencias vitales que marcaron al artista, cuyo carácter y talento ha sido esculpido a lo largo de cinco décadas e infinidad de viajes, el más iniciático de los cuales le llevó de su Manchester natal hasta la Universidad de Yale. El mismo Foster lo explica: “Tuve que luchar para encontrar mi camino y acabé yendo a la universidad por mi cuenta, ya que dejé el colegio a los 16 años. Al principio de mi carrera trabajé en garajes y panaderías mientras hacía trabajos sucios como freelance para otros arquitectos, lo que no era demasiado común, pero, a medida que fui me hice algunos premios, con el dinero que ganaba, me dediqué a viajar en los 50. En Manchester fui un inadaptado porque era el único que tenía que trabajar a la vez que asistía a clase para poder pagar la matrícula. Por ello, cuando fui a Estados Unidos y comprobé que todos los estudiantes servían café y lavaban coches, me sentí inmediatamente en casa. En los 60 Yale fue una revelación porque me brindaba la posibilidad de trabajar 24 horas, todo lo contrario que en mis orígenes”.
Según se aprecia en el documental firmado por los españoles Norberto López Amado y Carlos Carcas, Foster ha contagiado su abnegación y capacidad de sacrificio a todos los colaboradores con los que estrechamente se relaciona, y los méritos alcanzados los comparte con ellos sin sombra de egoísmo. “El mérito del documental es que muestra lo que hacemos tal y como lo hacemos, tardando tres años en sacar adelante un proyecto codo con codo, lo que nos convierte de alguna manera en una familia. Hacemos todo juntos y nos convertimos en muy buenos amigos que comparten valores de manera muy natural. Es meritorio haber sabido captar visual e intelectualmente a quienes levantamos estos edificios a la vez que construimos nuestras vidas. Creo que fue Winston Churchill quien dijo: ‘Nosotros damos forma a nuestros edificios y nuestros edificios dan forma a nuestra vida’. Él no era un arquitecto pero lo expresó muy bien”.
También era importante para el productor ejecutivo Antonio Sanz mostrar la naturaleza de empresario que inevitablemente desprende el retratado como prolongación de su arte. Foster, que es perfectamente consciente de su naturaleza dicotómica, no puso pegas al respecto y se dejó filmar también manteniendo conversaciones de índole mercantil. Para él ambas vertientes discurren de manera sinérgica y sin interrumpirse: “El entusiasmo de crear espacios es, de alguna manera, la búsqueda de definirse uno mismo mediante los edificios, pero no hay que olvidar la parte económica, que puede llevarte fácilmente a la quiebra. Desde que apareció la crisis hay muchos que han entrado en bancarrota y muchos otros que están orgullosos de moverse en el filo del abismo, pero es imprescindible velar por todos los que tienes alrededor. Si tú compites por un aeropuerto como el de Pekín, de gran significación nacional, tienes que tener una cierta estabilidad financiera, porque no puedes poner en riesgo a todos lo que te siguen. Quería mostrar que se puede ser ambicioso y a la vez responsable en términos de negocios. Es es algo difícil de conciliar, pero para mí nunca ha supuesto un conflicto”.

Justo al final de la entrevista, que, analizada en perspectiva, recuerda al viaje que debió de realizar Foster durante el rodaje, uno percibe que lo que empezó para él como una china en su zapato acabó por convertirse en un placer y testimonio consciente y perdurable de su legado. Parece seguro que no repetirá la experiencia, pero ello no quita para que el cine y la arquitectura mezclaran sus respectivos alcances durante un momento puntual y mostraran en poco más de una hora el legado del hombre que hay detrás de la marca.

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