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En ese momento recuerdo a todos mis profesores de Universidad y también al desaparecido Francisco Umbral queriendo hablar de su libro, pero Stiller amenaza con irse y alguien tiene que preguntarle por la huelga de actores que puede paralizar toda la producción hollywoodiense el año que viene. No porque sea actor y sea americano, sino porque mostró su apoyo explícito al principal sindicato de intérpretes (SAG) cuando, tras espirar el convenio trienal que ligaba a su gremio y al de los productores, se movilizó el pasado junio.
Las demandas del colectivo con el que se alineó se fijaban (y se fijan) en mejoras de salarios, pensiones y contribuciones para el seguro médico. Existe además una marcada discrepancia en las ganancias de los intérpretes derivadas de los ingresos de los estudios por la venta de sus productos en nuevos formatos, así como por sus apariciones en DVD.
Y pido el micro: "Me gustaría saber, señor Stiller, qué opina de que se pueda ir a la huelga en 2009, en qué estado están las negociaciones y cuál cree que va a ser el desenlace de esta situación". Jada, la mujer del Príncipe de Bel Air, empieza a negar nerviosamente como si le hubiera preguntado a su colega si confirma su supuesta relación con Rociíto (esto no es cierto, pero la cara ha sido justo ésa), le hace un gesto a Katzenberg que está a su izquierda y le dice algo así como "¿pero no hemos venido aquí a hablar de animales?". Katzenberg le da la razón y murmura disgustado, "lo sé". Y Ben por último, y más importante, tuerce el gesto pero sabe que está de promoción: "Espero que no suceda. Sobre todo con el estado de la economía ahora, creo que nadie lo quiere". Eso es muy políticamente correcto, sí, pero uno espera que diga algo más. Que clarifique si podemos esperar grandes producciones para el año que viene o incluso que utilice los medios de altavoz para explicar cómo ve el asunto. Debido a mis altas expectativas, su frialdad se me hace tan grande que agacho la cabeza y, con las orejas rojas, me hundo en mi asiento a seguir tomando notas.
Durante el tiempo que dura mi shock, Chris Rock habla de que "el principal mérito de los proyectos de animación de Dreamworks es la elección de los cómicos para dotar de personalidad propia a sus criaturas" (recordemos, por ejemplo que a esta factoría pertenece también 'Shrek', muñecote verde al que da vida el humorista Mike Myers).
Es entonces cuando Stiller vuelve a tomar la palabra para decir, alzando una grabadora que sostiene entre los dedos: "Esto ha dejado de funcionar. ¿De quién es? Parece que se ha quedado sin batería ¿No es de nadie? Vale pues me la quedo". El motivo de que nadie la reclame, y de que este artículo se narre en prepotente primera persona, es que todavía me encuentro un poco contrariado por la mala aceptación de mi pregunta. La grabadora es mía, sí, pero no me quiero exponer a la ingeniosa lengua de esta gente tan rápida. Tomaré apuntes como los cronistas de toda la vida.
Una vez superado y olvidado el chascarrillo, un compañero que tampoco se ha quedado contento con el anterior atajo de Zoolander, valiente —todo lo que yo no he sido a la hora de reclamar lo que es mío— vuelve a la carga. "Sr. Stiller, usted apoyó las manifestaciones del sindicato de actores en junio. ¿Lo volvería a hacer?" Mis oídos hacen chiribitas al oír el capote del artista periodista. "Es una situación muy complicada. Nadie la quiere, aunque así Jeffrey (Katzenberg) tendría un respiro —bromea—... pero no es el momento. Sería una cosa terrible", responde. No parece que le vayamos a arrancar un gran titular y lo cierto es que hasta la hora en que acaba el acto nadie más pregunta al respecto.
Cuando los actores se dirigen a comer, me levanto de mi silla con igual celeridad y grito dirigiéndome al estrado: "Sr. Stiller", a lo que él responde sin mirar a ningún sitio en particular, como acostumbrado a ello: "¿Foto?". Enfoca. Me mira. Le digo: "No, no; la grabadora. Es mía". Entonces cae en la cuenta, sonríe y se disculpa: "Ah, lo siento. Toma —dice mientras la saca del bolsillo interior de su abrigo de paño bueno—". La tenía súper arraigada ya entre sus posesiones el tipo. De todas maneras, no crean que escribo esto que ahora acaba cargado de bilis. El gesto amable de Ben dice que su olvido es más grande que sus ganas de dejarme sin mis herramientas de trabajo.


El cine desde tiempos remotos ha flirteado con la idea de un presidente negro, siempre demócrata, otra cosa sí que habría sido ciencia ficción gratuita. Recorramos históricamente los nichos fílmicos donde se forjaron los predecesores de Barack Obama:
Obviando la recargada ensoñación que situaba al niño Sammy Davis Jr. (contaba con tan solo siete años) como hombre más poderoso del mundo en el corto ‘Rufus Jones for President’, el primer actor negro en servir de rostro a un presidente norteamericano fue James Earl Jones. Sí, el mismísimo Darth Vader cuando éste sólo era un boceto en la cabeza de George Lucas. The man es una inteligente sátira política casi imposible de encontrar (no ha sido editada en DVD ni siquiera en USA) en la que el senador negro Douglass Dilman hereda el cargo de rebote tras la muerte del presidente en un derrumbamiento y la declinación del vicepresidente por motivos de salud. La titularidad del protagonista durará hasta que se convoquen las siguientes elecciones, tiempo en el que lidia con la paradoja de ocupar un despacho oval tan ajeno a su raza hasta ese momento.
Si hay un tipo venerable en este negocio ese es Morgan Freeman. No en vano Clint Eastwood le dirige en estos momentos en el biopic de Nelson Mandela. La directora Mimi Leder, que venía de debutar en ‘El pacificador’ pese a su vasta experiencia detrás de las cámaras de ‘Urgencias’, pensó en Freeman para dar vida al aguerrido y honrado Tom Beck. Listo para dirigir a un mundo a punto de ser arrasado por un pedrusco volador. La cosecha del 98 también nos trajo 'Armaggedon', con un argumento calcado e igual de fantasmagórica, aunque más graciosa, pero como no tiene 'presi’ oscuro pasamos a la siguiente…
A Tommy ‘Tiny’ Lister, habitual secundario con cara de matón, todavía no le ha sobrevenido la oportunidad de su vida. Con veinte años de carrera a las espaldas ni siquiera su extravagante alto cargo en la paja mental espacial de Besson le situó en el mapa. En un mundo hostil en vías de extinción, los códigos morales se relajan y Lister imprime a su presidente Lindberg la hostilidad y modos de presidiario adecuados para retratar a una sociedad deshumanizada. Su protagonismo es limitado, casi de atrezzo, comparado con los demás del ranking.
El título ya lo dice todo, ¿no? Es la típica que pocos de ustedes han visto por su mamarracha declaración de principios. "El hombre más gracioso de América" se lo guisó y se lo comió delante y detrás de la cámara. Ecos de la precursora ‘The man’ (un accidente de avión en este caso) sitúan al cómico camino del peldaño más alto de la Casa Blanca. Desgarbado como un Eddie Murphy de saldo (quien también tocó el tema tangencial y fraudulentamente en ‘Su distinguida señoría’), Rock no pretende ser el prototipo de presidente ideal, al menos en un principio. El ascenso de Mays Gilliam, es... como si ‘Entre pillos anda el juego’ se hubiera rodado en Washington, con tontuna inicial y erosión de la gilipollez hasta dar lugar a un Obama sobradete.
Abundando en el bessoniano planteamiento de que en el futuro las diferencias raciales serán poco obstáculo, el director de culto Mike Judge (‘Beavis & Butt-Head’) explora lo que puede ser la sociedad futura, donde un soldado criogenizado en nuestros días (Luke Wilson) despierta comprobando que es el tipo más listo de un colectivo consumido por los videojuegos y la comida basura. El presidente con el que le toca lidiar es Dwayne Camacho (Barack, borracho de anabolizantes), ascendido a su cargo político debido a su gran rendimiento como luchador de wrestling. Quizá no es un motivo demasiado académico. Pero es que ésa tampoco era la idea.