15 sept 2010
Pooh
23 ago 2010
Hollywood se ríe de sí mismo
El catálogo de 'Funny or Die' incluye cerca de 900 obras propias a las que se deben sumar todos los vídeos subidos al portal por los usuarios mismos. Su permanencia prolongada depende de la valoración de los miembros registrados, que deciden si el producto en cuestión es divertido o no (de ahí el 'Funny' -divertido- or 'Die' -muere- del título). Los que no sumen los votos positivos suficientes son descartados y mandados a un limbo llamado 'La cripta'. Sólo los mejores se quedan.
29 jul 2010
Adefesios de la alfombra roja
Vía: Worth1000.com.
7 jun 2010
Demi Pop Art
26 abr 2010
Natalie a-c-o-j-o-n-a
Sirva para actualizar ambas reivindicables muestras de lo increíblemente bella y solvente que se encuentra de nuevo (si es que alguna vez dejó de estarlo) el eterno trasunto de Pooh un vídeo algo caducado emitido en el 'Saturday Night Live' hace dos años.
(El peinado corresponde al rodaje de 'Mr. Magorium y su tienda mágica' o alrededores en el que la ninfa hace de rapera macarra. Todo fachada pero no por ello menos impactante o fascinante).
22 mar 2010
Un momento de genio

Estreno: 19 de marzo de 2010
23 jun 2009
Natalie Portman ya no peta
¿Cuando fue la última vez que pudiste enamorarte de Natalie Portman sin necesidad de saber quién era antes? Siendo generosos, hace cinco años, con 'Algo en común'. ¿Será su trayectoria underground o su tufillo intelectual los que no la dejan avanzar? ¿O que el pacto que hizo con el diablo a los 11 años ha prescrito ya? Por H o por B, lo único cierto es que Natalie ya no peta.
A Natalie le han perdido el respeto
No os echéis las manos a la cabeza los de los pósters y carpetas forradas, sé que la argumentación es ardua pero no por ello deja de tener su punto. Algunos me llamarán loco, o insensible, o frívolo, pero me he desenamorado de ella para siempre. Palabra. Y no creáis que era de fijarme en Cicciolinas o mujeres exuberantes cuando Natalie petaba barbaridad a mediados de los 90. Fue una epifanía. Fue.
Tuvo un bautismo de fuego ambiguo. Su pose de macarra chunga lolítica en aquel thriller magistral que se llamó 'León. El profesional' dio lugar a una tribu de incondicionales, pero fue un error de cálculo tremendo sacarla en camiseta interior con los pechos todavía por definir. Yo no era mucho mayor que ella y aún así percibí algo bastante enfermizo en colgarse por una muchachita cuyo único mérito era ser fría como el acero y extender un cheque sin fondos de belleza futura. Futura.
O sea, que soy de los de segunda promoción, de los que se quedó atascado con ella en 'Beautiful Girls', una cumbre cinematográfica para explicar el descacharramiento generacional de la gente con "treinta y..." que casi nadie la vio en cine. Recuerdo haber leído en el periódico un reclamo coronando su carátula promocional: "Una película que vale lo que su soberbio guión", reseña surgida de la pluma de un periodista clarividente en San Sebastián 96.
Esa fue la mejor versión posible de Portman. Portman quinceañera. Portman con toda la ropa puesta, con gorro de lana incluso, que en el invierno de autos en el que el taciturno Willie Conway regresaba a casa para reencontrarse con sus colegas de instituto hacía un frío que pelaba. Uma Thurman (Andera) era el presente, la supertía buena por excelencia que revolucionaba los más turbios sueños de la banda de borrachos con complejo de Peter Pan sobre los que pivotaba la acción. Marty, la inversión, la que desataba sueños imposibles en Willie:
Imagínate lo que sería tener esa cosa increíble, una persona con todo ese potencial, con todo ese futuro. Esa chica va a ser algo asombroso. Es graciosa, inteligente, preciosa. Ya sé que tiene 13 años, Mo, pero yo podría esperar. No se trata de algo sexual. Podría esperar porque dentro de 10 años ella tendrá 23 y yo, 39, y no habrá problema. Hay veces que me siento como ese personaje de 'Lolita', como si fuera un hombre sucio, retorcido, jorobado, apestoso y putrefacto. No sé colega, solo sé que me gustaría decirle con toda sinceridad: "Llévame contigo cuando te vayas".
Le había enamorado diciendo: "Tengo 13 años pero soy un alma vieja". Después, cuando el sentido común le entraba en la cabeza al protagonista y optaba por seguir con su agradable, coetánea y neoyorquina novia de siempre, el romance platónico tornaba (según palabras de ella) en un "Romeo y Julieta en versión disléxica" (esta elocuencia adolescente impropia fue el espermatozoide que engendró a 'Juno': Diablo Cody no inventó nada, amigos), siendo la frágil ninfa la que salía escaldada. Y era entonces cuando el abrazo que te salía darle no encerraba ningún regusto de sucio hedor pajillero, barrigudo y jubilado.
Pero después vino el apagón. La 'lolita' cerda ('León', 'Heat') y la 'lolita' intelectual ('Beautiful Girls', 'Todos dicen I Love You', 'Algo en común') confluyeron en la stripper de 'Closer', tremendo coñazo anticinematográfico (Mike Nichols se limitó a filmar teatro sin tempo) que empañó el juicio colectivo engatusando a ritmo de Damien Rice. Natalie enseñando cacha con su cuerpo plano de cintura para arriba y bien surtido en los cuartos traseros —estrategia repetida en el corto 'Hotel Chevalier' (Wes Anderson, 2007)—. Dando vueltas alrededor de una barra experimentó una metamorfosis antinatural de cisne a pato. Todo el potencial apuntado por Willie C. se quedó por el camino mientras ella recogía dólares del suelo de su plataforma como un ídolo caído.
'Beautiful Girls', la vez que más petó Natalie
Las portadas de revistas la seguían ayudando entretanto a convertirse en canon de belleza retratando su pecaminoso rostro pero evitando los planos abiertos. El hecho de ser una mujer con cuerpo de niña la convertía en un sex symbol tirado en la cuneta, lejos de las más adultas Scarlett Johansson, Christina Ricci o Jennifer Connelly, que si adquirieron el relleno que de ellas se esperaba.
Desde entonces, y al margen del éxito de taquilla de 'Star Wars', se mueve de un escenario a otro como un pollo sin cabeza intentando buscar su sombra. Sé que este párrafo que pronto acaba puede dejar a mucho 'warsie' cabreado, pero si me permitís un último y subjetivo estoque, darle puntos a Natalie por su papel de Amidala es como enamorarse de Carrie Fisher en la primera trilogía: espeluznante y siniestro.
Ya no siento nada por ella. Es como la chica que te dio el primer beso a la que guardas cariño pero evitas saludar cuando te la cruzas en la pescadería empujando el carro de la compra y con un cigarro fijado en la comisura (como su papel en 'My Blueberry Nights' la temporada pasada). Por eso, cuando me entero de que pronto la veremos en el remake de la nórdica (y notable) 'Hermanos', zorreando a dos bandas con Tobey Maguire y Jake Gyllenhaal, y en 'Black Swan', lo próximo de Darren Aronofsky, un thriller sobrenatural en el que interpreta a una bailarina que ve fantasmas, no siento nada. Ya no puedo volver a la noche de borrachera de Willie y especular con lo que podría ser, porque ya es.
La adolescente ha crecido y algunas de las promesas que extendía se han convertido en torpe prosa. Por eso, prefiero recordarla en todo su esplendor adolescente y con todo ese talento por desarrollar. Y es por mi futuro dorado incumplido que digo que Natalie ya no peta.
La Natalie más ON
- 'Beautiful Girls' (Ted Demme, 1996)
- 'Algo en común' (Zach Braff, 2004)
- 'Todos dicen I Love You' (Woody Allen, 1996)
- 'Mars Attacks!' (Tim Burton, 1996)
- 'V de Vendetta' (James McTeigue, 2005)
La Natalie más OFF
- 'Las hermanas Bolena' (Justin Chadwick, 2008)
- 'Los fantasmas de Goya' (Milos Forman, 2005)
- 'La fuerza del amor' (Matt Williams, 2000)
- 'Star Wars: La amenaza fantasma' (George Lucas, 1999)
- 'Closer' (Mike Nichols, 2004)
8 dic 2008
My blueberry nights (Wong Kar-Wai, 2007)

Wong Kar-Wai fichó a unos guapos para no hacer lo de siempre. No cogió a dos chinos y los puso a conversar a la luz de las velas en un restaurante. Ni a echarse de menos teniéndose cerca. Ni a poblar sucios hoteles en busca de caricias de amor furtivo. El último Kar Wai se fundamenta en un guión que parece sacado de una novela pero que es original. Tanto es lo que se cuenta como lo que se podría contar y crees que ha quedado fuera preso de las marginadas páginas de un libro. Los personajes, interesantes todos, tienen vida propia, funcionan propulsados por el aliento del desamparo, de la soledad y de la búsqueda de uno mismo. Los destinos alcanzados por Jude Law, Rachel Weisz, Natalie Portman y Norah Jones son en cierto modo, o totalmente, optimistas.
El desencuentro de las anteriores cintas del director tiene, eso es indudable, más de una alusión aquí, pero el cine occidental pide cánones distintos. Gobierna un romanticismo menos estrambótico, más basado en palabras que en miradas, que tiene su metáfora en la deglución del pastel de arándanos ('blueberrys'), el patito feo de los pasteles, el que se queda desemparejado en el baile de graduación de los postres. Es el que elige Norah, como preludio de lo que acontecerá después. Muchas veces andamos un camino después de descartar todos los demás. Y en ocasiones funciona. Es sublime, como siempre, la fotografía (en esta ocasión de Darius Khondji, que no desmerece en absoluto a la del habitual Christopher Doyle), apoyada en cámara lenta que no molesta, que suena a afectada pero que enfatiza detalles en los que no es dañino fijarse. Los colores, cada mujer tiene uno propio, se difuminan y distorsionan hasta dar lugar a planos que parecen dibujados por un niño chico, el que todavía no ha aprendido a ceñirse a los bordes.
Cierto afan icónico, frases que se saben perdurables y el recorrido circular hacia un final no menos emocionante por esperado, hacen de ésta una película de culto inmediata, quizá menos sesuda y elaborada que la anterior cosecha de Kar Wai pero una elección segura en la lista de las cinco principales del año.
Valoración: 8'5
15 ago 2008
Taken (Venganza) (Pierre Morel, 2008)

4 jun 2008
Juno (Jason Reitman, 2007)

Cuando uno sale de la sala degustando sonriente la nueva cinta del casi novel Jason Reitman (hijo de Ivan, autor de Los cazafantasmas) no sabe cuál es el punto fuerte de esta pequeña y cotidiana historia que no alberga estridencias, que no tiene momentos catárticos de gran de drama, que en ningún momento es partidista o demagógica, que camina sobre plumas durante su ajustada y perfecta hora y media. ¿Qué es lo que me pasa?, ¿Por qué me gusta tanto Juno?, ¿Por qué me parece que es la película que debo recomendar a todo el mundo? Porque sales enamorado. Y da igual que seas hombre o mujer.
El enamoramiento es a partir de la candidez de Juno; de su ingenio, de su solvencia a la hora de afrontar los problemas cotidianos de la vida regándolos con su granizado azul de litro y medio. Porque Page te cala hasta los huesos hasta que quieras cuidarla y ser su amigo, que no amante, para siempre. Porque sabes que lo único que puedes hacer con ella es abrazarla y decirle: No te preocupes, Juno, hagas lo que hagas va a estar bien.
Su nombre, que serigrafiado en pegatina al estilo de los alcohólicos anónimos es el gadget de merchandising que más codicio desde la maqueta de la Estrella de la Muerte que tanto me ilusionó en la infancia, es el nombre de la diosa romana de la fertilidad (y mujer del capo Júpiter), y no gratuitamente. Porque Diablo Cody, la ex stripper bloggera que va camino de ganar el Oscar al mejor guión original, la dota con una gracia que ríete tú de Stifflers o Jimcarreys.
Venden a Juno como la nueva Pequeña Miss Sunshine de la misma manera que venden a American gangster como la nueva El padrino. Estos últimos publicistas se han columpiado. Los primeros no son ningunos tontos porque las sensaciones que te golpean con la escena final de la película de Dayton y Faris tiene su merecida réplica en la escena de amor del final de Juno, una declaración de amor torpe, atropellada, conciliadora y hasta escatológica, pero sin acercarse a menos de mil millas del mal gusto. No sé si habrá quedado claro, pero es mi película favorita de lo que va de temporada porque sin estridencias te da ganas de ser feliz y de llenarte la vida de problemas para, imitando a nuestra recién estrenada musa, darnos cuenta de que no hay montaña lo suficientemente alta que no pueda ser escalada ni proyecto demasiado alto que no pueda ser solventado.
Mr. Magorium y su tienda mágica (Zach Helm, 2007)

La entradilla ha sido un poco gratuita. Necesitaba exorcizarme. Me da pena que los grandes se empequeñezcan. Me pone azúl que Hollywood sea un cementerio de elefantes de la misma manera que Washington lo fue para Michael Jordan. Hay algo entre triste y patético en el hecho de que hace un tiempo, cuando me metí por primera vez en el mundo de El padrino o de Érase una vez en América dijera con orgullo que De Niro era uno de los más grandes y ahora me corte por la basura que ha cosechado desde entonces. A veces eres mejor por lo que no haces que por lo que haces. Es cierto que son más jóvenes, pero Norton, Clooney o Cusack, sin tener tanto potencial, se han equivocado menos veces.
Ahora voy con el tema de hoy: Mr Magorium y su tienda mágica. Me gusta. Me hace soñar. Me convence. Me enfada también porque me hace pensar que la hubiera disfrutado más si tuviera 20 años menos. Pero aún así me alegra la madrugada de un viernes en el cine más grande de Europa. Hoffman es el Sr Magorium y se merece un Oscar. No está en las quinielas. Ni siquiera en la de los Globos de Oro, que van baratas porque distinguen a la comedia del drama. Es un error. Está igual de excesivo que en Los padres de él, pero aquí el papel lo demanda. No hay manera de hacer un Magorium mejor. El longevo y extravagante personaje al que interpreta, dueño de un comercio parecido a Jumanji plantado en un terreno abonado para soñar. No se preocupa de las facturas desde hace 213 años y por ello contrata a un contable “mutante” (Jason Bateman) para encargarse de la prosa. Natalie Portman es la dependienta de la chupitienda. Y de largo es lo peor de la función. Será por su corte de pelo o por el cuerpo de chupa chups que se le ha quedado. Aunque tiene ademanes de genia, los tiempos de Beautiful girls quedan ya lejos. No molesta, la verdad es que su papel requiera candor y un físico aniñado. Scarlett Johansson sería demasiado carnal para un papel destinado a no desatar ninguna baja pasión. Su target son los niños primermundistas y los adultos (o proyectos de) no demasiado picardeados.
El telón de fondo es la muerte, tratada de una forma romántica, el adiós programado de los seres queridos. La muerte dulce, sin aspaviento, sin trauma. De tal forma que parece una continuación de la vida, como es la tradición de Occidente. Como cuando te dan una bofetada con una mano pero no te das cuenta porque te dan una piruleta con la otra. Lo que me queda por deciros sobre este particular, navegantes, es que esta mezcla entre Noche en el museo y Big Fish se parece mucho más a la segunda lo que, en mi opinión, es un mérito poco usual.
Algo en común (Zach Braff, 2004)

Braff no prometía demasiado hace un año cuando su nombre aparecía en el IMDb como director novel, asociado a la ninfa Natalie Portman, en un proyecto hecho con dos pesetas. Parecía una casualidad debida a una amistad de instituto, de esas que ni siquiera se llegan a estrenar, como tantas obras independientes, aún apadrinadas por pujantes estrellas consagradas. La equivocación no pudo ser más grande porque Braff se desmarca como un autor absolutamente nuevo, fresco e irreverente con algo que decir en cada fotograma.
Heredera de la última cultura pop estadounidense, Algo en común es un pastiche fabuloso de la cinematografía y televisiografía más alucinada y de calidad. Scrubs (serie que ha lanzado a Braff al estrellato catódico), A dos metros bajo tierra, Los Simpson y sobre todo Doctor en Alaska son referentes inmediatos de esta soberbia fábula de vuelta al hogar, que se cuela en un podio en el que reinaban hasta hace poco El graduado y Beautiful girls.
Los paralelismos entre la obra de Ted Demme y la que nos ocupa son más que llamativos, empezando por que la Portman es la rueda de molino que hace girar a ambas, ¡cuantas gloriosas tardes de palomitas le quedarán por dar a esa espléndida actriz!. El vértigo existencial, los amigos desorientados y una banda sonora sobresaliente son solamente unos pocos más. La maravillosa excentricidad enmarcada en un contexto absolutamente realista hace algunas de sus más gloriosas apariciones cuando observamos la pared plagada de diplomas del psiquiatra o con la camisa que le regalan al protagonista en el funeral de su madre, perlas que nos hacen dibujar una gran sonrisa después de las lágrimas. Sólo cabe achacar a este relato sorprendentemente antitópico un final un tanto edulcorado que rechina con la coherencia del discurso, pero que de ningún modo empaña este prometedor despegue.
Cold Mountain (Anthony Minghella, 2003)

A partir del best seller de Charles Frazier, en Cold Mountain se nos presenta un tema relativamente poco filmado como es la Guerra de Secesión Americana, pero de una manera tangente, ya que la batalla sólo es un pretexto para retratar la amistad, la soledad y el arraigo a la familia. Empresa noble, pero que abarca mucho sin apretar, porque tal declaración de principios se convierte en un esquemático camino episódico de vuelta a casa (en la que le esperan más raíces de las que plantó), desde las trincheras, del héroe Ulises – Law. Viaje en el que encuentra apoyo célibe en una galería de secundarios tan torpemente tópicos como irrelevantes.
En el hogar espera Penélope - Kidman (no es una gracia, es una analogía en la misma línea de Ulises - Law), que esta vez, en lugar de tejer incansablemente, se dedica a sacar adelante las tierras que su buen padre le dejó en herencia. Con un aplomo digno de encomio, es capaz de abandonar sus estirados modales de señoritinga del norte venida a menos, y sufre una catártica metamorfosis de amor hacia las cosas pequeñas.
Nicole, sobrevalorada siempre aunque correcta últimamente, da un paso atrás con un papel tan gélido como el de la Grace de Dogville pero con muchos menos matices, ya que el crecimiento del personaje es tan plano que resulta abominable.
De igual manera que apreciamos contrastes entre los terratenientes del norte y los campesinos del sur, podemos verlos también dentro de la propia historia, en la cual nos encontramos con una serie de personajes tan variopintos y distintos entre sí, que al espectador le da la sensación de encontrarse en una película de Roger Rabbit. Porque aquí Renée Zellweger es un dibujo animado, una caricatura del paleto recalcitrante sacada textualmente de Rústicos en Dinerolandia.
Por lo demás, aparte de la erudita inspiración, la historia es la de siempre, y puede resumirse en millones de dólares de paja y buenas intenciones que no logran emocionar y, mucho menos, derretir el frío de esas montañas tan, tan altas, que sirven de paisaje y a las que todos parecen amar tanto.
5 feb 2007
Paris, je t´aime (Varios, 2006)

En general los resultados de tales experimentos acaban por ser un conglomerado irregular en el que caben por un lado la máxima de las inspiraciones y, por otro, la sensación de que algunos, generalmente los más reconocidos, han optado por quitarse el marrón de en medio de cualquier manera.
Pasa algo parecido con Paris, je t´aime, consigna bajo la cual veinte reputados directores de todas las nacionalidades posibles han sido homogeneizados bajo la idea de filmar un manifiesto con el que declarar su amor por la ciudad del amor. Paris, je t´aime puede parecer engañosa para el espectador desprejuiciado que se acerca a una sala comercial y se encuentra con que en su bonito y artístico cartel concurren estrellas del relumbrón de Natalie Portman, Nick Nolte o Juliette Binoche. La decepción se desprenderá del hecho de que en rara ocasión se dan cita en la misma historia más de dos actores de talla, porque, como tónica general, se respeta lo de una celebridad por corto, con la excepción del que dirige Gerard Depardieu, en el que acudimos a un otoñal duelo interpretativo entre Ben Gazzara y Gena Rowlands aderezado por el cameo del orondo francés.
De este modo, mexicanos (Alfonso Cuarón), franceses (Olivier Assayas), sudafricanos (Oliver Schmitz), kenyatas (Gurinder Chadha), yankees (Joel & Ethan Coen, Alexander Payne), brasileños (Walter Salles) y hasta la española Isabel Coixet tienen cabida en este mejunje agradable y vistoso que se desenvuelve en un registro bajo, sin altisonancias, y que siempre opta por el intimismo a excepción del segmento vampírico firmado por el autor de Cube (Enzo Natali), en el que encontramos concesiones a los efectos especiales. Todo lo contrario de Wes Craven (Pesadilla en Elm Street), habitual del género de terror, que se muestra sobrio y cómico en el tramo que dirige.
Inevitablemente hay caídas de ritmo, propuestas aburridas y, en los peores casos, directamente prescindibles, pero existen algunas destacables dosis de buen cine encapsulado. Serán fáciles de identificar mis sugerencias para el lector, puesto que cada microhistoria cuenta con título y nombre del director en su primer fotograma. No pierdan de vista Place des Fêtes, del sudafricano Oliver Schmitz, que narra una muerte dulce y romántica; Faubourg Saint-Denis, historia de amor entre la joven Natalie Portman y su novio ciego narrada a toda velocidad por el alemán Tom Tykwer; y otra más de amor, esta vez de manos de Gurinder Chadha (Quiero ser como Beckham): Quais de Seine.
Como habrán podido comprobar, el amor romántico está muy presente, enmarcado indefectiblemente en el espacio incomparable de la capital gala, que metafóricamente contagia a todos con un influjo feromónico y apasionado.
No hay malas intenciones en Paris, je t´aime, acaso un exceso de almíbar y una búsqueda del éxito fácil tanto crítico como comercial. Aún así, el resultado no es excesivamente universal y lo tendrá difícil para encontrar su público fuera de los circuitos de versión original. No obstante, en una de esas tardes de domingo frías y húmedas, no viene mal observar cómo, para variar, la gente se enamora y se quiere, aunque sea en una pantalla de cine.
29 oct 2006
Forman presenta a Goya sin Portman ni Bardem
Goya en el cine
19 may 2005
'La venganza de los Sith': La fuerza toca su fin (Hoy se estrena en todo el mundo la última entrega de 'Star Wars')

¿Cuántas cosas se pueden hacer como máximo seis veces en la vida? Hay muy poca gente que dará sólo seis abrazos, o seis besos. Sería ridículamente triste una vida en la que estuviéramos condenados a reír apenas seis veces. No quiero meterme en otros terrenos más prosaicos porque es el campo de las emociones el que quiero escrutar. ¿Cuántas cosas son capaces de mantenernos 28 años en vilo? Pueden parecer preguntas con truco, o acertijos, pero nada más lejos de la realidad. Hay una respuesta clara: el estreno de Star Wars.
Una franquicia capaz de obtener 2400 millones de euros en merchandising y 2720 más entre las cinco películas de la saga estrenadas hasta ayer, bien merece un reportaje, o un periódico monográfico entero. Después de casi 3 décadas de espera, el círculo de la fuerza ha llegado a su fin con el estreno mundial de La venganza de los Sith, sexta película de la serie, pero la tercera si nos atenemos al orden cronológico.
En todo este tiempo, George Lucas, un jovencito humilde de Modesto, Texas, ha visto como su coraje, tesón e imaginación le catapultaron de tener que trabajar después de la escuela para pagarse sus adorados comics a ser la cabeza visible y pensante de un imperio que genera 800 millones de euros anuales. Patrocinado en sus primeras obras, THX 1138 y American Graffiti, por Francis Ford Copola, director de El Padrino, tuvo la visión de crear una saga galáctica inspirada en Flash Gordon, su héroe de toda la vida. Y le salió Star Wars, el producto con más sitios y foros dedicados a lo largo y ancho de internet.
Es absurdo hablar a estas alturas del argumento, ya que quien no conozca las aventuras de Luke, Leia, Han Solo, Anakin, Padme y Obi Wan o vive en una burbuja de cristal o tiene la fuerza de voluntad de un maestro Jedi. Lo importante de este evento no es la trama. No es saber que cómo Anakin se pasará al lado oscuro ni como el senador Palpatine se hará con el poder del Imperio. Lo realmente importante es caer en la cuenta del circo mediático que se ha organizado ante este estreno.
700 salas habilitadas, sólo en España, cuando la cifra normal de un gran taquillazo como El sexto sentido no llega a las 200. 80.000 entradas vendidas por anticipado, porque el que espere al segundo día no tendrá nada de que hablar mañana en clase o en el trabajo. 500 millones de euros de pérdidas por absentismo laboral en Estados Unidos el día del estreno del último capítulo estrenado hasta la fecha, El ataque de los clones.
Así son las cosas. Comienza el espectáculo. Ya saben, a la sexta va la vencida.
La cantera galáctica
A pesar del rotundo éxito comercial que ha supuesto para Lucas en todo este tiempo su criatura, ser un actor de la saga en absoluto garantiza el éxito. Todo lo contrario, a excepción de Harrison Ford, ninguno de los actores de la primera trilogía galáctica consiguió hacerse con un hueco en Hollywood. Aparte de las hordas de freakis que prestan devoción incondicional a Mark Hamill, alias Luke Skywalker, y a Carrie Fisher, que encarnaba a la princesa Leia, nadie en Hollywood parece acordarse de ellos ya. Hasta hay quien habla de una maldición. No es probable pensar que con los protagonistas actuales vaya a ocurrir lo mismo, ya que tanto Natalie Portman como Ewan McGregor eran presencias sólidas en la industria antes de embarcarse en la cruzada galáctica. El caso de Hayden Christensen es distinto. ¿Le acompañará a él la fuerza?

















