4 jun 2008

30 días de oscuridad (David Slade, 2007)


Los vampiros toman una pequeña aldea cercana al polo donde hay ciclos de oscuridad de 30 días. En la pequeña aldea hay un sheriff de buen corazón y una operaria de bomberos que se lo ha roto. Se llevan mal, han construido barreras alrededor de sí mismos para que el otro no las franquee. Es el intento de otorgar una píldora de drama a un vehículo de la carnicería sanguinolenta de colmillos y garras, que ni siquiera sabe asquear a los más tiquismiquis. Es como cuando Dirk Diggler se metía a policía para tener algo que hacer entre escena y escena de sexo en el género que le hizo célebre.

Se podía haber hecho algo realmente terrorífico si el papel de Ben Foster adquiriera algo más de dimensión y no se le maltratara a la primera de cambio. Habría sido de lo más estimulante ver qué hacía este chaparrito caracabrón con la manija de los villanos en detrimento del irreconocible Danny Huston.

Por lo demás la historia es deficiente, episódica, previsable y vista antes ya. Dice Jordi Costa que el cómic en que se basa es bastante bueno. No puedo decir nada al respecto, quizá sea una maravilla de color y expresividad. Lo que sí puedo decir es que 30 días de oscuridad no tuvo nada de interesante para mí. Pero es culpa mía, porque, ¿quién me manda?, a ver, ¿quién me manda? ¿De verdad, en algún momento, pude pensar que me divertiría? ¿Qué me llevó a verla? Es más, ¿cómo llegué a la sala? No recuerdo nada. ¿Hay alguien ahí?

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