19 feb 2007

Ases calientes (Joe Carnahan, 2006)


Quien se acerque a ver Ases calientes con la esperanza de encontrarse una continuación de la hilarante tendencia inaugurada por Guy Richie en Lock & stock (1998), a la que dignamente sucedió la más comercial y ambiciosa Snatch (Cerdos y diamantes) (2000), decirle que se ha equivocado de sala. No es que la referencia autoral del marido de Madonna no se encuentre en el horizonte creativo del director Joe Carnahan, pero su intento de aunar comedia cínica con extrema violencia resulta ser un cruce fallido entre cualquier película de buddys policial con Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980).

Espero que esta metáfora extrema sirva para disuadir a incautos que, deslumbrados por un reparto de campanillas fundamentalmente cimentado en estrellas televisivas de última hornada (caben entre otros los protagonistas de Perdidos, Arrested development y El séquito), busquen audacia y transgresión. Aquí no cabe la transgresión sino una diarrea mental de influencias videocliperas malentendidas mezclada con un afán de abrir caminos que ya estaban inaugurados valiéndose de hipérboles trasnochadas. Todo es desagradable en Ases calientes desde el momento en que Ryan Reynolds (Van Wilder) abandona su papel de niño bueno para convertirse en una caricatura del Bruce Willis macarra y se adentra en una espiral de violencia gratuita sin sentido que hace que la estima que se podría procesar a algunas de las escenas de la historia, bien planificadas y dirigidas, queden empañadas y deslucidas.

La historia, coral hasta extremos absurdos, cuenta cómo un capo incipiente de la mafia norteamericana (Jeremy Piven) se convierte en un testigo protegido llamado a desmantelar la estructura que hasta ese momento le ha dado de comer.

Los policías (Ray Liotta, arquetípico en su papel de policía veterano e incorruptible y el mencionado Reynolds) son los espectadores perplejos en una guerra sin cuartel que implica a una congregación de asesinos a sueldo (entre los que, caprichos del casting, se encuentra la innecesaria cantante Alicia Keys) y a unos asalariados de bando contrario que velan por la supervivencia del chivato. O al menos eso creí entender, porque el escenario retratado es tan delirante que las subtramas acaban por confundir cualquier esquema mental de comprensión que el espectador medio, con inteligencia media, pueda humildemente labrarse.

El mcguffin del policía fundador de la CIA, muerto en trágicas condiciones que envuelve a la cinta contextualizando y justificando de alguna manera el clima de violencia explícita que campa por doquier es tan difícil de descifrar que esta vez sí emparenta al director con su idolatrado Ritchie, pero con el peor, el de Revolver (2005).

En definitiva, Ases calientes es un vehículo de descarga adrenalínica adolescente que puede herir sensibilidades de los menos impresionables por el uso gratuito de sierras eléctricas, no sólo ya para cercenar sino para triturar partes de la anatomía de los protagonistas en un intento vacuo de ascender en la escala de violencia que desde la francesa Irreversible parecía insuperable. No sé si habrá quedado claro pero les recomiendo a todos que no la vean.

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