23 abr. 2009

Ponyo en el acantilado (Hayao Miyazaki, 2008)


Apelo tangencialmente a Spiderman para decir que la tarea de poner calificación semanal a aquello que el público tiene que pagar por ver conlleva una gran responsabilidad. Si se pretende que la cosa fluya, se ha de crear una empatía entre redactor y lector duradera en el tiempo que haga que el del otro lado sepa de qué pie cojea el de éste.

Yo cojeo de muchos pies y alguno se ha podido percatar ya de que la animación no es lo mío. No me motiva, emociona ni conmueve. Soy capaz de valorar su ingenio en el momento, pero al repensarla sólo me queda...humo. Por ello, el lector amante del género y consciente de esta tara mía saltará a la siguiente reseña y santas pascuas. Pero será un error porque entonces se perderá mi sentido homenaje hacia una película sensible, vital e imprescindible. No soy sospechoso de rendir pleitesía incondicional a Miyazaki. No es que me pirre por 'Mononoke' o 'Chihiro' (me parecieron coñazos insoportables). Para nada. No lo analizo por contraste consigo mismo ni con el cine 3D.

Es más sencillo que todo eso, más primitivo: cojo 'Ponyo', la veo y la gozo. No entiendo del todo su onirismo ni sus licencias extracorópeas, metafísiscas y casi hasta mitológicas, pero aprecio la pulcritud con que se me cuenta un cuento mínimo. Mínimo y precioso.

Valoración: 8,5/10

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