13 nov 2006

El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006)


La España de la posguerra civil es el escenario elegido por Guillermo del Toro para hacer su última y particular incursión en el cine fantástico. En un primer momento puede parecer paradójico que un cuento de hadas alterne en pantalla con una trama sórdida sucia y decadente como la que relata esta micropíldora de los miserables años 40, con los maquis, echados al monte, aún en plena efervescencia.

El acercamiento del director a localizaciones patrias no es nuevo. Ya en 2001 con Eduardo Noriega a la cabeza se asentó aquí con la estimable El espinazo del diablo, que supuso el germen de lo que tiene visos de convertirse en una simbiosis próspera y duradera. Superproducciones de Hollywood aparte (Hellboy, Blade 2), parece que el asiento artístico de este talento mexicano se encuentra dentro de nuestra necesitada industria.

En El laberinto del fauno, Ofelia (Ivana Baquero) ve como su madre (Ariadna Gil), que está teniendo un accidentado embarazo, se entrega incondicionalmente a un diabólico (y aquí Del Toro es tendencioso) capitán franquista (Vidal: Sergi López) sin más motivo aparente que el que podía tener la malvada madrastra de Cenicienta: casar a sus hijas sotas con un príncipe valiente y pudiente para adinerarse. La diferencia: aquí la muchachita no está en edad de merecer, pero sí de comer.

El encuentro con el padrastro no deseado es traumático y queda bien patente cuando, contraviniendo el consejo materno, Ofelia se niega a darle un beso. En compensación le ofrece su mano, la izquierda. Gran error. Esta secuencia inicial es una declaración de principios de lo que padecerá la obnubilada niña.

Si Ariadna es parda, su hija es pija y Sergi López, la clara encarnación del mal más reconcentrado sin posibilidad de redención, se hace difícil la identificación con cualquiera de los personajes. Por ello, el mérito del pinche Del Toro es grande, pues es capaz de mantener el interés en una historia endeble en su vertiente ficticia, desagradable en su parte real y con unos protagonistas sin demasiado carisma.

Será por el encanto de sus secundarios (grandes Maribel Verdú y Álex Angulo, los únicos realmente conmovedores) o por las ganas que tenemos todos de creer en hadas y faunos cuando, como dice Manu Chao, "la vida nos da palo".

La tesis a defender es que quien más y quien menos se inventan amigos imaginarios o realidades paralelas donde el dolor no campa a sus anchas.

El laberinto del fauno, pese a ciertas virtudes, no aguanta el envite con otras cumbres del género fantástico (en que personas de corta edad se meten en góticos fregados) como La historia interminable o Dentro del laberinto. Porque la factura es excepcional y la dirección de producción cuidadísima, pero lo que falta es el sentimiento.

Los argumentos visuales utilizados se acercan a la crudeza de los inicios de Del Toro (Cronos, Mimic), quien hace ciertas concesiones al cine gore, que, en un intento de crear la intensidad dramática que nos haría odiar a los personajes malvados, provocan una repulsión tan grande que facilitan que el espectador que buscaba, engañado por el cartel publicitario, una historia que tiene lugar en el barrio de la piruleta dentro del país del algodón de azúcar, desconecte de la historia o directamente recoja sus bártulos de la sala y se vaya con viento fresco.

Es ambiciosa esta amalgama, que une verdad y fantasía, horror y felicidad y tiros secos, cortes sucios y golpes romos con princesas listas, rosas mágicas y hadas bondadosas. El resultado no se puede decir fallido, pero de tanto nadar en dos aguas, la historia del fauno redentor se queda coja. Eso sí, si Del Toro sigue rascando, pronto conseguirá la obra maestra que busca sin parar. ¿Hellboy 2?

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