19 nov. 2009

Los condenados (Isaki Lacuesta, 2009)


Isaki Lacuesta es un director que juega en la categoría de Jaime Rosales o José Luis Guerín. No en vano, la Cahiers de este mes le dedica portadón al hilo del estreno de su primera obra de ficción, esta 'Los condenados' de la que ahora toca hablar. El nombre del realizador, auténtica estrella de la función, que para eso es autor, va en letras más grandes que cualquier otro reclamo del collage que la compone (la portada, digo). Más anticomercial imposible. Como él, como su cine.

Dejando un poco de lado la vena documental iniciada en sus muy valoradas 'La leyenda del tiempo' y 'Cravan vs. Cravan', Lacuesta no termina de plegarse, sin embargo, y en absoluto, a las convencionalidades del género dramático pese a que asume ciertos códigos.

Su arriesgado y plumbeo ritmo, que enfadó a gran parte de la audiencia en el pasado Festival de San Sebastián, tampoco es óbice para que nos encontremos, quizá, ante la película más cargada de ideas de lo que llevamos de curso.

La sinopsis nos dice que dos guerrilleros se reencuentran, tras 30 años, en la excavación de los restos mortales de un tercero. Frente a los secretos del pasado se presentan dos posturas: la de poner todas las cartas sobre la mesa de Martín (Daniel Fanego) y la intención de Raúl (Arturo Goetz) de enterrar de una vez por todas a los fantasmas.

"La justificación de la lucha armada; las motivaciones, legítimas o no, que pueden llevar a matar a alguien; y el remover el pasado desde el presente para poder reestructurarlo" son, en palabras del propio Lacuesta, los temas que quiso tocar, y, pese a que se desliza de puntillas sobre ellos —hay más interrogantes que respuestas en una película que en la que la palabra Fin aparece con la fuerza inesperada de un machetazo—, la decisión de no tomar decisiones se antoja de una elegancia inusual en tiempos en que los partidos procuran seguir sacando provecho electoral de históricas contiendas en el hemiciclo.

Al margen de su metalenguaje, de su complejidad socrática y del rico debate que abre con la justa pretenciosidad de quien no sabe explicar las cosas de manera sencilla (lo que no quita para que el resultado transpire toneladas de honestidad), tenemos a Bárbara Lennie, una secundaria con ángel que aparece de la nada en el último segmento para echarse a la espaldas la despedida y cierre.

El director la carga con un plano fijo de seis minutos y medio exactos, situándola en un púlpito virtual ubicado en una sorda cafetería en lugar de en el Congreso de los Diputados, y es entonces cuando todo el silencio precedente cobra sentido. El tedio narrativo de los primeros minutos, la confusión de acentos y el tono de murmullo que, inquietos, habíamos presenciado hasta ahora, deviene en claridad de manos de la serena ponente en el momento en que procede a explicar sin pausa, derante 390 segundos exactos, por qué su padre, sepultado hace tres décadas, no debe ser desenterrado.

Lennie, veloz en su ideario y templada en la pronunciación del mismo, tira de sus grandes ojos marrones para subrayar, para inundar con melancólica y dolida calma, la tesis de Lacuesta. No encara frontalmente al espectador, sino un poco ladeada, porque Martín es su rival invisible, porque Martín en ese momento baja a la platea y se sienta como uno más de nosotros.

Valoración: 8/10

Estreno: 20 de noviembre de 2009

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