23 sept. 2010

Mickey Rooney, 90 años como una cabra


La leyenda dice que Walt Disney preguntó a un jovencísimo Mickey Rooney cuál era su nombre y qué opinaba de los bocetos de un roedor que se traía entre manos y que acabaría llamándose como él. La historia tiene toda la pinta de ser falsa pero enmarca perfectamente al personaje en su época de influencia y da una idea aproximada del calado que tuvo en sus años mozos.

En efecto, a Rooney, nacido en el neoyorquino barrio de Brooklyn hace hoy 90 años, le casa más la etiqueta de icono intergeneracional que la de estrella de la interpretación. A pesar de atesorar un Oscar (honorífico), un Emmy y dos Globos de Oro (televisivos), cuesta destacar de entre su descomunal filmografía un clásico imperecedero de verdad -él se decanta por 'El corcel negro' (Carroll Ballard, 1979)-. Pero, si decimos que comenzó a actuar en cine a los seis años; y que, por tanto, lleva 84 años en activo; y que es el único actor de la historia que ha sido capaz de estrenar al menos una película por década durante diez décadas consecutivas, nos damos cuenta de que la onomástica que hoy se cumple es la de un hombre récord.

Rooney, metido en la actualidad en un par de rodajes, tiene, debido a su próspera longevidad, un calado expansivo incalculable. Sin ir más lejos, en la retrospectiva que durante esta semana dedica el Festival de Cine de San Sebastián al desaparecido director Don Siegel, el actor aporta 'Baby face Nelson' (1957), en la que interpreta al malhumorado mafioso que da título a la cinta, lejos de los papeles amables de infancia y juventud que le valieron el favor del público.

Por otra parte, el director Isaki Lacuesta, en el mismo marco del festival, ha presentado también el documental 'La noche que no acaba', pieza dedicada a Ava Gardner, la primera de las ocho esposas que Rooney coleccionó. Si tenemos en cuenta sus más de 100 películas y la cantidad de veces que pasó por la vicaría hasta asentarse definitivamente con Jan Chamberlin en 1978, seguramente encontraríamos un logaritmo que le uniera a cualquier figura de Hollywood en menos pasos que los que apelan a Kevin Bacon.
Famosa es una de sus citas al respecto del santo sacramento de la unión: "Siempre me caso temprano por las mañanas. De esa manera, si no funciona, no he perdido un día entero".


De cualquier modo, si obviamos su mediático (y breve) enlace con la Gardner, si hay una pareja a la que pueda asociarse indivisiblemente, ésa es Judy Garland, otra niña prodigio con la que compartió títulos de crédito hasta en nueve comedias musicales mientras se encontraba en plena efervescencia previa a su marcha a la II Guerra Mundial. De la contienda, Rooney regresaría con varios reconocimientos militares cosechados en Europa, pero con la carrera artística extraviada. Dos años lejos de las pantalllas dilapidaron parcialmente su fama, basada en su genio bisoño.


Desde entonces, la carrera de Rooney se movió del homenaje a la autoparodia, limitado casi siempre por un rostro y una estatura poco agraciadas (1,57 metros). "Nunca pedí ser bajo, nunca quise ser bajo pese a que he pasado mi vida fingiendo que no me importa", llegó a declarar.

Ahora, con nueve décadas a sus espaldas, el Matusalén de la cinematografía estadounidense se encuentra en su dorado otoño venerado como una suerte de gloria nacional aunque algo estigmatizado por los sectores más progresistas de su país. La verdad, se lo ha ganado un poco. Rooney ha 'rajado' contra los homosexuales y demás 'ovejas descarriadas'. Su robusto conservadurismo, abrazado en los años 70 tras aparecérsele Dios en una cafetería, le ayudaron a sobreponerse de la drogadicción y bancarrota que arrastraba por aquella época.

Una anécdota (o leyenda) más que sumar a tantas otras dentro de una biografía en la que, indepedientemente de la calidad, primó (prima) sobre todo la cantidad. Mickey siempre cuanto más, mejor. Felicidades.

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Lee el artículo original en El Mundo.

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